• Buenos días, quería hacer un testamento, que empiezo ya a verle las orejas al lobo.
  • De acuerdo. Serían 80 euros.
  • Uf, eso es mucha tela. A ver, le ofrezco… 65.
  • Qué va, qué va, de 75 no bajo.

¿Os imagináis este diálogo en una notaría? ¿A que no? Pues en el despacho de un traductor sería una conversación normal. Mira que he vivido en China y he viajado por varios países asiáticos, donde es imprescindible regatear absolutamente para todo (si no, te toman por tonto o incluso se enfadan), pero sigo sin acostumbrarme a tener que hacerlo con mis traducciones, como si fueran calzoncillos del mercado (que no digo yo que los compre).

De tanto en tanto me llega algún mensaje de correo enviado a tropecientos destinatarios (sin copia oculta, por supuesto) en el que el cliente solicita un presupuesto para una traducción jurada pidiendo a) rapidez, b) precio de risa. A veces me da la impresión de que esperan que alguno le conteste: “no te preocupes, hoy es tu día de suerte, ¡te la hago gratis y hoy mismo!”. Yo directamente no hago caso, pero siempre hay algún traductor que se indigna muchísimo y contesta diciéndole de todo. No creo que sirva de mucho. Más lógico y ético en estos casos es pedir varios presupuestos, comparar y elegir.

Efectivamente, nuestro trabajo no se valora prácticamente en ningún ámbito: ni en el cine, ni en los juegos, ni en las traducciones juradas, ni en los libros, ni en los contratos… Es, digamos, un mal necesario, una carga que hay que sobrellevar con el menor coste posible. Y en parte es así, pero, ya que a veces es un proceso necesario, ¿por qué no intentar cumplirlo con calidad y de buen rollo?