Resulta casi imposible desmontar todos los tópicos a los que se tiene que enfrentar un traductor durante su carrera, igual que otros muchos profesionales. Desde el repetido “¿cuántos idiomas hablas?” (ni siquiera de cuántos traduces) hasta el aburrido “¿qué significa esta palabra?”.

Sí, se supone que un traductor no solo tiene que saber hablar, escribir y traducir perfectamente diez o doce idiomas para conseguir la admiración del interlocutor, sino que además debe conocer todo el vocabulario de cada idioma, porque si no, vaya desastre de traductor. Tampoco se trata de que el traductor responda siempre con el recurrido topicazo: “contexto, dame contexto”. Pero realmente es muy difícil conocer los significados de términos muy especializados si uno no trabaja a menudo con esa especialización. Para mí, un buen traductor no es aquel que consigue disparar una traducción por segundo con cada término que le presentan, sino el que sabe (entre otras cosas) dónde consultar sus dudas para poder resolverlas en un tiempo razonable. Sobre todo cuando se trata de traducciones jurídicas y, muy especialmente, traducciones juradas, con las que además tiene responsabilidad legal.

Loles León decía la otra noche en una entrevista de televisión que, cuando la ven por la calle y le piden  que cuente un chiste, contesta que, si fuera cirujana, nadie le diría: “¡opérame, opérame aquí mismo!”. Pues eso.