Una vez discutí con un estudiante de Derecho sobre la mala costumbre que tienen algunos (vamos a dejarlo ahí, en “algunos”) juristas de redactar sus escritos de tal forma que solo se entiendan dentro del gremio, porque dan por hecho que sus colegas redactan igual de bien/mal (táchese lo que no proceda) y que por tanto los entenderán. No, no quiero generalizar, porque conozco a juristas que escriben bien y que además se empeñan en hacerlo de forma que los entienda la gente de a pie. Menuda batalla tienen los pobres.

El texto con el que estoy trabajando ahora mismo me da la razón. Voy a poner solamente un pequeño ejemplo, que fuera de contexto y sin contener referencias no vulnera mi compromiso de confidencialidad con el cliente.

[…] ponemos en conocimiento la realidad de lo que ocurre para hacerles partícipe de los daños que nos están irrogando […]

¿Ponen en conocimiento de quién? ¿Del mundo, de la humanidad? ¿Existe también la “realidad de lo que no ocurre”? Y una vez más la concordancia dichosa: ¿no les sonaba bien “hacerles partícipes”? Y ya por último, ¿por qué no colocar en este sencillo párrafo un palabro tan bonito como “irrogar”, que suena mil veces más profesional que “causar”, “ocasionar” o incluso “infligir”?

Habrá quien me corrija, supongo, pero mi propuesta no deja de sonar jurídicamente correcta y creo que se entiende mejor:

[…] ponemos en su conocimiento la situación actual para hacerles partícipes de los daños que nos están ocasionando […]

Si alguna vez estudio Derecho, seguramente tendré que hacer como los del anuncio aquel: desaprender lo aprendido.