Preguntaba yo hace poco en mi cuenta de Twitter (@_linguist_) en qué nivel de la taxonomía de Bloom revisada se encuentra la universidad española, en cuál está la Universidad de Alicante (en la que doy clases) y si estamos fomentando el pensamiento crítico. Dejando a un lado que tengo pocos seguidores y que en general mis tuits son demasiado aburridos, solo obtuve un retuit y ninguna respuesta.blooms

En cualquier caso, no voy a analizar aquí el uso que hacemos de las redes sociales, ni si son aptas o no para el consumo académico. Lo que sí me interesa es plantear por lo menos qué estamos haciendo mal. Porque es evidente que algo estamos haciendo mal: muchos alumnos (al menos en las carreras de Letras) están desmotivados o poco motivados por sus estudios, tienen pocas capacidades académicas y cometen errores que no debería cometer un universitario. Errores al escribir, al preguntar, al razonar… Soy consciente de que sus intereses no son los que yo tenía a su edad, cuando estudiaba en la Universidad de Granada: no existían WhatsApp ni Juego de Tronos ni Gran Hermano. Pero supongo que uno sigue yendo a la universidad a aprender, a formarse intelectual y profesionalmente y a “sacarse” un título que le permita subir algún peldaño en la escalera de la precariedad laboral. Todo eso sigue o debería seguir vigente y creo que no está el precio del crédito como para estar todo el día tomando el sol en los parques del precioso campus de la Universidad de Alicante.

Entonces, ¿qué es lo que falla? ¿Debemos los profesores motivar a los alumnos? ¿Debe la universidad adaptar sus métodos, guías docentes y planes de estudio a los nuevos intereses de los estudiantes? ¿Hay que bajar los niveles de exigencia para que aprueben más alumnos y por tanto se matriculen más y los profesores sigamos teniendo trabajo?

Mis respuestas son sencillas (aunque cuestionables, por supuesto): la universidad no forma parte de los estudios de enseñanza obligatoria, por lo que uno se matricula en ella si quiere y si puede y debería venir ya motivado de casa. Los planes de estudio vienen en gran medida impuestos por consejerías y ministerios, así que su evolución es lenta y los conocimientos mínimos (que no capacidades, ¡ay!) que se exigen para cada titulación están, más o menos, tallados en piedra; los métodos de enseñanza y evaluación y las guías docentes sí son en teoría más fáciles de cambiar, pero no todos los profesores están dispuestos a hacerlo, ya sea por inercia o por falta de tiempo. Por último, creo que toda universidad (en realidad, toda actividad humana) debería tender a la excelencia, a la búsqueda de la perfección, para luego quedarse donde las circunstancias obliguen. Bajar los niveles de exigencia en la evaluación equivale a algo tan sencillo (y tan peligroso) como decir que se han cumplido unos objetivos cuando no es así. No se trata de fomentar la competitividad, sino de plantearse retos, esforzarse por conseguirlos y valorar los resultados. Así de simple.

Cada año pido a mis alumnos que me exijan, que me exploten: que hagan preguntas, que duden de lo que les diga, que no me pidan soluciones sino herramientas para buscarlas, que protesten ante las injusticias y ante la ineptitud… Muchos y muchas lo hacen y creo que empiezan a ser conscientes de cuál es su papel en este diálogo de enseñar-aprender. Me consta que a veces incluso lo trasladan a otras materias. Se están adentrando en el pensamiento crítico y me da la impresión de que les gusta.

Pero el camino es largo: creo que en términos generales la universidad está en el color naranja de la taxonomía de Bloom, en la de comprender. Ahora empezamos a entender cuál es la situación actual, dónde estamos, qué conocimientos de los que hemos memorizado pueden sernos útiles y cuáles no y por qué. A veces hacemos alguna incursión en el color amarillo (resolvemos algún problema), en el verde (investigamos en Internet), en el azul (debatimos varias propuestas), pero el morado sigue estando lejos (y cualquier parecido con la política es pura coincidencia): no creamos, ni inventamos, ni planeamos, ni imaginamos… y, por tanto, no somos intelectualmente autónomos. ¿O quizás sí? Sin duda… pero en otros ámbitos. Quizás no sería mala idea que profesores y alumnos nos sentásemos a analizar cómo unos y otros podemos acercar nuestros intereses. Quizás los alumnos, como “usuarios” finales de la universidad, deberían empezar por pedir a los profesores que los guiemos hasta lo alto de la pirámide, con todo el esfuerzo que ello supone, claro.

En 1990 Peter A. Facione analizaba y categorizaba el “pensamiento crítico”. Es algo que hemos hecho siempre, pero quizás sin ser conscientes. Por desgracia, no está muy de moda todavía en España, y menos aún en el ámbito académico. Como citaba Gabriela López, el pensamiento crítico en la vida cotidiana podría incluir estos rasgos:

  • Curiosidad por un amplio rango de asuntos
  • Preocupación por estar y permanecer bien informado
  • Estar alerta para usar el pensamiento crítico
  • Confianza en el proceso de indagación razonada
  • Confianza en las propias habilidades para razonar
  • Mente abierta para considerar puntos de vista divergentes al propio
  • Flexibilidad para considerar alternativas y opiniones
  • Comprensión de las opiniones de otra gente
  • Justa imparcialidad en valorar razonamientos
  • Honestidad para encarar los propios prejuicios, estereotipos, tendencias egocéntricas o sociocéntricas

Y, a la hora de enfrentarse a los problemas:

  • Claridad en el planteamiento de preguntas o preocupaciones
  • Disciplina para trabajar con la complejidad
  • Minuciosidad en la búsqueda de información relevante
  • Sensatez en la selección y aplicación de criterios
  • Cuidado en centrar la atención en la preocupación más próxima
  • Persistencia ante las dificultades

¿Cuáles de estos rasgos tenemos y cuáles aplicamos a nuestra vida diaria? ¿Y a nuestros trabajos? ¿Y a nuestra forma de aprender?